martes, 20 de agosto de 2013

Los domingos del viejo

Encerrado como cigarrillo en la cajetilla, como el licor en la botella, así es mi vida. Solitaria por las noches, aburrida por las mañanas, acaloradas por las tardes, y estruendosas al medio día. Pero cuando digo al medio día, me refiero ¡justo al medio día! pues nuestra casa está al lado de la iglesia y las campanadas… bueno ya se harán a la idea de porque es estruendoso al medio día.
Las tardes son sin lugar a dudas lo peor, cuando la transpiración no se sabe si es parte de la polera o la polera es parte de uno, cuando el agua es el oro que baña mi cuerpo ya arrugándose desde hace un buen tiempo, y que decir de esa peineta que lo único que hace es dejarme más calvo.
Puedo parecer exagerado, pero en realidad no todo es malo, siempre me vienen a ver los nietos por los domingos. Hay que estar bien arregladito me dice la vieja, cuando me quejo de la peineta. Por lo menos no me dice nada cuando cepillo la placa sin ponérmela, ¿será por que lo hago a escondidas? debe ser eso.
         Cuando el aseo ha terminado pongo mi silla regalona frente al ventilador, que la mayor parte del tiempo da aire caliente, y de repente arroja alguna que otra mosca distraída en pleno vuelo.
         Al momento de oler las galletas que prepara la vieja para los niños, trato de no hacerme ilusiones, ya que la última vez que vinieron se me cayó la placa comiendo galletas; desde ahí que trato de no comer delante de ellos, así que me conformo con mi vaso de agua con dos hielos, ¡ni más ni menos!

         Debo estar atento a cuando lleguen, porque cuando lo hacen, se me tiran los tres encima y nunca alcanzo a pararme. Una vez intenté hacerme el dormido para que no se me tiraran y me resultó, tan bien que desperté cuando se habían ido, así que hoy voy a intentar otra cosa. Ojalá tenga suerte, porque disfruto ¡tanto cuando vienen! que se me olvida el calor, la soledad y los campanazos, ¡justo al medio día!