Gentes a mares, cerebros vedados,
ya no hay pies descalzos que pisen los charcos,
pero si lugares prohibidos y escondidos,
que se esconden a los que antes llamábamos niños.
Sin pensar siquiera en lo traviesos que fuimos,
dejando que los carteles y rejas críen a nuestros hijos.
Los pastos cada vez más esquivos,
los árboles que ya no parecen estar vivos,
los insectos que ven como destruimos sus nidos.
Y los inocentes que creen lo que nosotros mentimos,
tal como lo creímos nosotros cuando éramos críos,
sin prever, que en eso sería en lo que nos convertiríamos.
De chicos también desconfiamos, y nos amordazaron.
Sus palabras y poder de nosotros se apoderaron,
sin darse cuenta que con sus actos un daño causaron.
Que en la profundidad de los juegos ya se iban notando;
que entre sus miles de reglas se venían perfilando;
y tantos otros complejos de los que nos iban atiborrando.
De medianos nos acobardaron y dudamos en alzar la mano,
a pesar de tener tan claro que lo negro, llamaban blanco.
Y con castigos y sobornos nuestro pensar seguían doblegando.
Con buenas intenciones, y a pesar de que con cariño los reparos,
pero sin ver a los ojos, a ese ser con cuerpo enano,
que desde ya un buen tiempo vivía y sentía en este plano.
De grandes ya nos olvidamos de lo que de niño soñamos,
ya cambiados nuestros anhelos por algún que otro estropajo.
Ensimismados en otro ser, que de nuestros cuerpos se ha adueñado,
difícil se hace recordar como se sentía la libertad en nuestras manos.
Sentir, experimentar, volar como si nadie nos estuviera cuidando,
todo eso ya olvidado, y etiquetado como recuerdos del pasado.
De viejos nos dimos cuenta que solo de niños fuimos humanos,
y disfrutamos de esas inmensas tortas de barro,
sin preocuparse de infecciones, bichos, ni dientes picados.
Sólo era el instinto, el sentir, el primer amor en el barrio,
donde cada uno hacia y decía entre tus pares de 7 años,
sin que fueran coartando la persona en que te ibas transformando.