Si tu ciudad ardiera en llamas,
tal como nosotros en tu cama.
¿Dónde quedarían los viejos humores,
que se balanceaban como tus tambores?
Si tus piernas como poderosos edificios,
subiera por una escalera piso, por piso.
Aferrándome a tus suaves carnes,
tal como a la vida el hambre.
Si como riendas tomara tus cabellos,
aferrando tu dolor a mi deseo.
Para que no escapes ni por un segundo,
a los placeres carnales de este mundo.
Dejando nuestros cuerpos moverse
como sin la cabeza una serpiente.
Dando tórridas y retorcidas vueltas
apaciguadas por la mezcla perfecta.
Y sin pronunciar una palabra,
se acaba la función completa.
Quedando en libertad nuestras almas,
como dos adormiladas marionetas.